Inclusión no es aguantar o tolerar: confusiones claves de las instituciones educativas

Inclusión no es aguantar o tolerar: confusiones claves de las instituciones educativas

Inclusión no es aguantar o tolerar: confusiones claves de las instituciones educativas

 

Hay una frase que las familias de niños neurodivergentes escuchan con dolorosa frecuencia: “Su hijo o hija ya tiene adecuación curricular, ¿qué más quiere?”. En teoría, la respuesta de la institución educativa —pública o privada— es correcta, porque, en efecto, la adecuación curricular existe con el loable y muy teórico propósito de asegurar la equidad e inclusión. Está en el expediente. Tiene firma, sello y fecha. El colegio cumplió. El Estado cumplió. El sistema cumplió. Todo bien, pero su hijo sigue sin querer ir a la escuela o al colegio. ¿Le suena conocido?

 ¿Qué es una adecuación curricular?

En teoría, una adecuación curricular es un conjunto de ajustes en el proceso educativo diseñados para que un estudiante con necesidades específicas —por ejemplo, un niño o niña neurodivergente— pueda acceder al aprendizaje en igualdad de condiciones (equidad). No es un favor. No es una excepción. Es un derecho reconocido por la ley costarricense.

En la práctica, para muchas familias, la adecuación no es otra cosa que alguna reducción de la carga académica, un poquito más de tiempo para realizar los exámenes y, si hay suerte, un lugar preferencial en el aula.

Señoras y señores: eso no es inclusión. Eso es administración.

La diferencia no es un detalle menor. Es la diferencia entre un niño que aprende en equidad y uno que sobrevive la jornada escolar.

El problema no es la adecuación.

Es lo que pasa alrededor. Una adecuación bien implementada debería responder con claridad y certeza a preguntas claves: ¿cómo procesa este niño la información? ¿Qué entornos lo regulan y cuáles lo desbordan? ¿Cómo se comunica mejor? ¿Qué apoyos necesita para iniciar una tarea, no solo para terminarla?

En cambio, lo que ocurre con frecuencia en los centros educativos costarricenses es que el psicólogo o el orientador hace una evaluación. Se llenan dos o tres formularios. Se notifica a los docentes la adecuación curricular. 

Y ahí, en muchos casos, termina el proceso.

El docente de matemáticas recibió una nota que dice que José tiene adecuación significativa, pero nadie se tomó la molestia de explicarle que José no es ni flojo, ni rebelde ni pendenciero, sino neurodivergente con una disfunción ejecutiva que muchas veces le impide iniciar una tarea sin un primer paso muy concreto y que ese primer paso debe señalarlo el docente no solo con paciencia, sino con bondad.

La docente de educación física no fue informada de que el rebote de las pelotas de baloncesto en la cancha del colegio genera ruidos altos y repetitivos que sobrecargan sensorialmente a Sofía, una jovencita neurodivergente que usa protectores auditivos justamente para evitar tales dificultades. La docente cumplió el reglamento y exigió que Sofía se quitara “los audífonos”. Como resultado, Sofía sufrió una sobrecarga sensorial tan intensa que su cuerpo entró en modo de supervivencia antes de que sonara el primer silbato.

 Incluir es incómodo.

Y eso es exactamente por qué no está bien hecho. La inclusión real requiere cosas que un formulario no puede ofrecer: tiempo, formación, disposición al cambio y, sobre todo, voluntad de ver al niño o la niña como una persona y no como un caso que hay que gestionar.

Requiere que el docente ajuste la forma en que da instrucciones en el aula, no solo cuánto tiempo da para cumplirlas; que el recreo tenga un espacio tranquilo para quien no puede tolerar el ruido del patio; y que las transiciones entre clases y materias se anuncien con anticipación, porque un cambio repentino puede desregular a un estudiante neurodivergente durante el resto de la mañana.

Nada de eso cuesta dinero, pero sí tiempo, atención y voluntad.

Y esos elementos son exactamente lo que el sistema educativo costarricense, con grandes grupos de estudiantes por aula y docentes con una carga administrativa desbordada, tiene muy poco que ofrecer.

Ese es el problema real. No la mala fe —que en la mayoría de los casos no existe— sino un sistema que les pide a sus docentes que hagan inclusión sin darles las herramientas, el tiempo ni la formación para hacerla bien.

 Lo que sí marca la diferencia

Hay colegios en Costa Rica que lo están haciendo bien. No porque tengan más recursos, sino porque tomaron decisiones distintas.

Decidieron que la adecuación es el punto de partida, no la meta. Que la conversación entre el equipo de apoyo, el docente y la familia no se dé una vez al año en una reunión formal, sino de manera continua. Que cuando un estudiante tiene una crisis, la respuesta del centro no es llamar a los padres para que se lo lleven, sino entender qué desencadenó la crisis y cómo evitar que se repita.

Eso es inclusión. No es costoso. 

Y para las familias que todavía no cuentan con ese mínimo, hay algo importante que saber: tienen derecho a pedirlo. La adecuación no es el techo de lo que el sistema debe a su hijo. Es el piso, el punto de partida.

Una conversación que necesitamos tener

Este artículo no es un ataque a los docentes ni al sistema educativo; es una invitación a una conversación que en Costa Rica todavía se da a media voz y medio a oscuras.

Los docentes merecen formación real en neurodiversidad, no talleres de dos horas una vez al año. Los directivos merecen herramientas concretas para construir culturas escolares inclusivas, no solo políticas en papel. Y las familias merecen saber que exigir más que un formulario no es ser problemáticas: es defender el derecho de su hijo a aprender en un entorno que lo vea integralmente como persona.

Incluir no es aguantar. No es tolerar la diferencia con paciencia. Es diseñar espacios, rutinas y relaciones en los que esa diferencia no sea un obstáculo, sino simplemente una característica más de la comunidad.

Costa Rica tiene la legislación. Tiene a los docentes. Tiene a las familias comprometidas.

Lo que falta es una conversación honesta sobre la brecha entre lo que dice el papel y lo que viven nuestros hijos e hijas todos los días.

Esa conversación empieza aquí, hoy.

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